El futuro se nos presenta con dos caras. Una rebosa de esperanzas y oportunidades mientras la otra tiene un rostro más amargo marcado por las dificultades actuales algunas de las cuales nos hacen sentir que estamos en una noria, o en túnel oscuro donde no se ve la salida. Tanto unas, las oportunidades, como otras, las dificultades, deben ser enfrentadas con visión, sólidos valores y coraje cívico. Para abordar ese futuro debemos alentar por nosotros mismos y por quienes nos precederán un ideal elevado, el de construir una Nación de Bienestar, con sólidas bases morales.
Es esta una percepción compartida por muchos líderes y ciudadanos tanto del quehacer religioso, como del político y social. Pensar en un mejoramiento de la sociedad y de la nación es pensar en recobrar y hacer vigente una herencia espiritual. Volverla a colocar en el centro de todo a fin de fortalecer el alma de la nación con miras al futuro. Recobrar esa herencia no permitiría hacer grande la “mente” de la nación para que ella pueda orientar a su “cuerpo” (su estructura social, económica y política) en una correcta dirección que nos lleve hacia una nueva era de avances sociales.
¿Cuál es la herencia que debemos recuperar? ¿Cuáles son los elementos que pueden fortalecer la “mente” y el “espíritu” de la nación y sociedad uruguaya?
En primer lugar, la Espiritualidad y Religiosidad. Los individuos y las sociedades necesitan afincarse en lo trascendente buscando respuestas a su origen y el propósito de su existencia. Respuestas que encuentran en su natural espiritualidad y religiosidad. Una fe viva y real, en Dios, en la santidad y propósito superior para todos los seres humanos, en la inmortalidad del alma y la responsabilidad moral y eterna de todos nuestros actos, son asuntos básicos en la vida de cada persona, familia y comunidad. Ninguna sociedad pueda cambiar para bien si los ciudadanos que la integran no asumen y responden a esos llamados del alma y la conciencia.
En segundo término, debemos recobrar la principalidad de los Valores y las Virtudes Espirituales y Éticas. Son estos valores que existen más allá del tiempo y del espacio, que no están limitados por las circunstancias y que son siempre válidos. Esos valores espirituales: amor, verdad, belleza, bondad son a su vez el sostén de la moral individual y de la ética familiar y social. De los mismos se desprenden virtudes esenciales de la conducta individual, familiar y ciudadana: lealtad, fidelidad, pureza de propósito, honestidad, comprensión, tolerancia, respeto mutuo, servicio altruista, piedad, misericordia, entre otras.
El tercer lugar, lo ocupa el Amor Verdadero. El Amor Verdadero es el valor espiritual mayor. Entre todos los valores el Amor Verdadero (subrayamos verdadero frente a la confusión que existe sobre el carácter, naturaleza y dirección del amor), que es un amor inmutable e incambiable, que implica dar y entregarse sinceramente al otro, es la única fuerza que pueda unir a los seres humanos como una familia sanando los odios y los rencores y trayendo paz a los corazones. Es amar como Dios ha amado a sus hijos, nosotros, sin límites y sin excepciones. Es vivir por el bien de los demás.
En cuarto lugar citamos a la Familia. La Familia es la autentica Escuela del Amor y los Valores Espirituales y como tal la piedra angular sobre la que se edifica la nación y el mundo. Propendemos al rescate de la Familia como forma de salvar a la Nación de la decadencia social. Renovar al Nación es reconstruir el ideal familiar defendiéndolo de la obra demoledora que contra ella llevan el relativismo moral y el individualismo egocéntrico.
Como quinto aspecto, señalamos la Educación del corazón y del carácter de los niños y adolescentes. La Educación no debe ser sólo un simple mecanismo de acumulación y comunicación de conocimiento sino como extensión del hogar, debe ser forjadora espiritual y moral de buenos hijos, buenos esposos, buenos padres, buenos ciudadanos y buenos líderes. Para lograr esa misión debemos alcanzar una educación balanceada. Una educación donde el contenido educativo este destinado a perfeccionar el corazón de los niños y adolescentes y su capacidad de amar y servir; a enseñarles las normas morales y éticas, y a enseñarles a relacionarse y dominar el ambiente con amor y creatividad sin abusar y destruirlo.
Como un sexto pilar citamos al Servicio Voluntario y Compromiso Cívico. Una fortaleza mayor de los valores e instituciones básicas de sentido prioritario debe llevar al encendido y crecimiento del servicio voluntario, al vivir por el bien de los demás. Muchos problemas de las naciones y sociedades pueden ser eliminados a partir de la voluntad libre de la gente de dedicar sus potencialidades personales a causas mayores que la de su propio beneficio. Esta actitud voluntaria y altruista mueve sin duda a un mayor compromiso cívico de los ciudadanos con los asuntos de su país.
Finalmente en séptimo lugar ubicamos el recobrar para el país la idea y vigencia de un liderazgo espiritual, visionario y práctico. Las naciones y el mundo necesitan en este nuevo tiempo de un liderazgo que tenga un compromiso serio con los valores superiores, que afinque su vida no en la búsqueda y sostén de su poder sino en un carácter interno bien formado y maduro, una fe viva, y un esfuerzo sincero de ejercer sus responsabilidades supremas en beneficio del prójimo y no de sí mismo o de su programa. Un liderazgo que conduzca mediante la fuerza moral, la capacidad de abrazar a todos sin excepción, y la potencia de su creatividad y una voluntad inquebrantable. Ese compromiso ético personal debe sostener un liderazgo visionario, un liderazgo que vea más allá del momento y piense y construya no solo para su época sino para aquellas en las cuales él ya no estará presente.
Puede parecer que estas palabras en un tiempo de dificultades, como son los actuales, parezcan como idealistas o poco prácticas. Como arar en el desierto. Sin embargo el largo andar de la vida humana sobre la Tierra muestra que son este tipo de palabra y enfoque los que hacen de los desiertos, jardines donde la vida crece.
Es esta una percepción compartida por muchos líderes y ciudadanos tanto del quehacer religioso, como del político y social. Pensar en un mejoramiento de la sociedad y de la nación es pensar en recobrar y hacer vigente una herencia espiritual. Volverla a colocar en el centro de todo a fin de fortalecer el alma de la nación con miras al futuro. Recobrar esa herencia no permitiría hacer grande la “mente” de la nación para que ella pueda orientar a su “cuerpo” (su estructura social, económica y política) en una correcta dirección que nos lleve hacia una nueva era de avances sociales.
¿Cuál es la herencia que debemos recuperar? ¿Cuáles son los elementos que pueden fortalecer la “mente” y el “espíritu” de la nación y sociedad uruguaya?
En primer lugar, la Espiritualidad y Religiosidad. Los individuos y las sociedades necesitan afincarse en lo trascendente buscando respuestas a su origen y el propósito de su existencia. Respuestas que encuentran en su natural espiritualidad y religiosidad. Una fe viva y real, en Dios, en la santidad y propósito superior para todos los seres humanos, en la inmortalidad del alma y la responsabilidad moral y eterna de todos nuestros actos, son asuntos básicos en la vida de cada persona, familia y comunidad. Ninguna sociedad pueda cambiar para bien si los ciudadanos que la integran no asumen y responden a esos llamados del alma y la conciencia.
En segundo término, debemos recobrar la principalidad de los Valores y las Virtudes Espirituales y Éticas. Son estos valores que existen más allá del tiempo y del espacio, que no están limitados por las circunstancias y que son siempre válidos. Esos valores espirituales: amor, verdad, belleza, bondad son a su vez el sostén de la moral individual y de la ética familiar y social. De los mismos se desprenden virtudes esenciales de la conducta individual, familiar y ciudadana: lealtad, fidelidad, pureza de propósito, honestidad, comprensión, tolerancia, respeto mutuo, servicio altruista, piedad, misericordia, entre otras.
El tercer lugar, lo ocupa el Amor Verdadero. El Amor Verdadero es el valor espiritual mayor. Entre todos los valores el Amor Verdadero (subrayamos verdadero frente a la confusión que existe sobre el carácter, naturaleza y dirección del amor), que es un amor inmutable e incambiable, que implica dar y entregarse sinceramente al otro, es la única fuerza que pueda unir a los seres humanos como una familia sanando los odios y los rencores y trayendo paz a los corazones. Es amar como Dios ha amado a sus hijos, nosotros, sin límites y sin excepciones. Es vivir por el bien de los demás.
En cuarto lugar citamos a la Familia. La Familia es la autentica Escuela del Amor y los Valores Espirituales y como tal la piedra angular sobre la que se edifica la nación y el mundo. Propendemos al rescate de la Familia como forma de salvar a la Nación de la decadencia social. Renovar al Nación es reconstruir el ideal familiar defendiéndolo de la obra demoledora que contra ella llevan el relativismo moral y el individualismo egocéntrico.
Como quinto aspecto, señalamos la Educación del corazón y del carácter de los niños y adolescentes. La Educación no debe ser sólo un simple mecanismo de acumulación y comunicación de conocimiento sino como extensión del hogar, debe ser forjadora espiritual y moral de buenos hijos, buenos esposos, buenos padres, buenos ciudadanos y buenos líderes. Para lograr esa misión debemos alcanzar una educación balanceada. Una educación donde el contenido educativo este destinado a perfeccionar el corazón de los niños y adolescentes y su capacidad de amar y servir; a enseñarles las normas morales y éticas, y a enseñarles a relacionarse y dominar el ambiente con amor y creatividad sin abusar y destruirlo.
Como un sexto pilar citamos al Servicio Voluntario y Compromiso Cívico. Una fortaleza mayor de los valores e instituciones básicas de sentido prioritario debe llevar al encendido y crecimiento del servicio voluntario, al vivir por el bien de los demás. Muchos problemas de las naciones y sociedades pueden ser eliminados a partir de la voluntad libre de la gente de dedicar sus potencialidades personales a causas mayores que la de su propio beneficio. Esta actitud voluntaria y altruista mueve sin duda a un mayor compromiso cívico de los ciudadanos con los asuntos de su país.
Finalmente en séptimo lugar ubicamos el recobrar para el país la idea y vigencia de un liderazgo espiritual, visionario y práctico. Las naciones y el mundo necesitan en este nuevo tiempo de un liderazgo que tenga un compromiso serio con los valores superiores, que afinque su vida no en la búsqueda y sostén de su poder sino en un carácter interno bien formado y maduro, una fe viva, y un esfuerzo sincero de ejercer sus responsabilidades supremas en beneficio del prójimo y no de sí mismo o de su programa. Un liderazgo que conduzca mediante la fuerza moral, la capacidad de abrazar a todos sin excepción, y la potencia de su creatividad y una voluntad inquebrantable. Ese compromiso ético personal debe sostener un liderazgo visionario, un liderazgo que vea más allá del momento y piense y construya no solo para su época sino para aquellas en las cuales él ya no estará presente.
Puede parecer que estas palabras en un tiempo de dificultades, como son los actuales, parezcan como idealistas o poco prácticas. Como arar en el desierto. Sin embargo el largo andar de la vida humana sobre la Tierra muestra que son este tipo de palabra y enfoque los que hacen de los desiertos, jardines donde la vida crece.
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