Intentare con esta columna comenzar a abordar un asunto, de gran peso y enorme gravitación, en el presente y futuro de la sociedad humana. Un asunto que a la vista de lo que sucede hoy en día, no fue correctamente resuelto. Nos referimos a la relación entre la religión y la política, o más precisamente entre las religiones y el Estado o Gobierno.
Días atrás, un destacado laico católico uruguayo, Guzmán Carriquiry, quién oficia como subsecretario del Pontificio Consejo de Laicos de la Santa Sede, expreso durante un seminario para profesores realizado en la Universidad Católica de Valencia que "Los cristianos afirmamos la verdadera laicidad como auténtica distinción entre la Iglesia y el Estado. Pero el laicismo trata de marginar a la Iglesia de la vida social, económica y cultural, como si no tuviera nada que decir; el laicismo pretende un desalojo y marginación progresiva del cristianismo" Yo agregaría de la religión en general.
Más adelante constata que "muchos cristianos con responsabilidades en la vida política y universitaria terminan viviendo de modo esquizofrénico" dado que "por un lado mantienen la fe con prácticas piadosas, incluso importantes, como las prácticas sacramentales, pero desconectadas de los compromisos públicos. No se advierte de la incidencia real de la fe en la vida y viven de forma anónima, asimilados a la cultura mundana de los ambientes en los que se mueven". Agregaría también por mi parte que los medios son hostiles a este tipo de relación la que es presentada de una forma tal, que quién es religioso es "sospechado" de ser una persona cínica.
Es muy importante distinguir el indiscutible valor moral y práctico de un Estado Laico, no sea confesional, y el laicismo como ideología por el cual un Estado "tolera" a la religión, pero es hostil con mayor o menor militancia a su influencia en la vida social de una nación, relegando al recinto de la conciencia individual. Esta limitación impide aún que se pase al nivel familiar, dado que se arroga para sí el derecho de desarrollar políticas públicas que atacan las creencias de los miembros de la familia y la educación de sus hijos. Por ello en cuanto la religión cruce el límite de las conciencias individuales, será acusada con mala intención de querer volver a un "Estado Confesional".
En la evolución del sistema político, social y educativo occidental, incluyo en esto Europa, América del Norte y América Latina, hemos tenido tres modelos de relación entre Estado y Religión o Iglesia.
El primero, es el creado a partir de la Revolución Norteamericana de 1776. Los Padres Fundadores de los EEUU, ya fueran cristianos o deístas, no dieron la espalda al clamor de sus antepasados, cristianos europeos que huyeron hacia América por motivo de su fe religiosa. La importancia de la religión, tanto como la necesidad de una total libertad de religión, estuvieron indisolublemente ligados en su pensamiento. Por ello la Primera Enmienda de la Constitución de los EE.UU. de 1791, en su artículo 1° defiende el criterio de la más amplia libertad de culto afirmando que: "El Congreso no aprobará ninguna Ley con respecto al establecimiento de Religión alguna o que prohíba el libre ejercicio de la misma...". Por eso también, la Declaración de la Independencia adjudica los derechos del ser humano a la libertad, la vida y la felicidad adjudica como origen de los derechos humanos a Dios y no a los hombres o el Gobierno.
El resultado ha sido una democracia en donde ha existido una separación entre Estado e Iglesia, pero donde la religión es considerada como la fuente de los valores y la virtud de la democracia. Consecuencia de todo, la democracia más sólida, junto con la inglesa, y la nación en donde se goza de la más amplia libertad de religión. Un ejemplo cabal de esto es que mientras en Francia, el uso del pañuelo islámico por parte de las jóvenes ha sido objeto de una ley para prohibir su uso en los centros de estudio, en EEUU, una nación enfrentada a importantes conflictos con el mundo musulmán, su gobierno poco tiempo atrás encomendó penar a quienes discriminen o prohíban el uso del velo en centros de estudio.
El segundo modelo, es justamente el nacido de la Revolución Francesa. Esta fue desde su origen, hostil a la religión, y ambigua en torno a otorgar libertad religiosa. Es así que la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución Francesa dice "Ninguno será perturbado a causa de sus opiniones, aún las de orden religioso...". Tanto Francia como Alemania tienen hoy una conducta mezclada respeto a la religión. En una reciente entrevista publicada por el diario argentino LA NACION (9 de junio), la sicoanalista francesa Elizabeth Roudinesco, explica claramente esta visión al señalar que "Lo religioso esta mucho más presente en la democracia norteamericana que en la francesa..." y agrega" yo adhiero absolutamente a ese modelo (el francés). Por que si la religión se convierte en política, se pasa de la democracia a la tiranía". Sin embargo, lo que Roudinesco obvia es que justamente las tiranías se impusieron en Europa, en países que adscribían a esa tradición, y que impusieron un terror en contra de la religión y los creyentes. En este sentido el bolcheviquismo es heredero del jacobinismo. Y el nazismo no esta exento de esas características tampoco.
Por demás, en otra parte de una larga y reveladora entrevista, ella señala que en Francia solo se "consideran las verdaderas religiones", una calificación que el Gobierno se arroga para si mismo. La democracia impregnada de "jacobinismo" desconfía de la religión por que ella le puede disputar al Estado la adhesión de los ciudadanos.
El último modelo, es un modelo ya finiquitado, es el del integrismo católico, en donde el Estado era confesional, y la única religión oficial, cuando no permitida era la católica, quién tenía el control también de la educación. Ese modelo que tuvo ejemplos paradigmáticos en España o Portugal, cayo tanto por los cambios políticos como por los religiosos, ocurridos dentro de la propia Iglesia Católica. Su resultado fue malo, tanto para la religión en su conjunto, trayendo generaciones hostiles a la misma, como para la Iglesia Católica en particular.
El integrismo sea de la religión que sea, católico, como islámico, trae como toda fe impuesta por la fuerza su propia autodestrucción. Las generaciones venideras son descreídas y hostiles a las instituciones religiones aunque busquen desesperadamente respuestas espirituales y existenciales. La Fe es un don dado por Dios para experimentarlo con nuestro corazón y exige libre albedrío.
Actualmente el Estado Laico y el laicismo como ideología, sufre enormes presiones fruto de los brutales fenómenos de degradación moral y social; del fin de la era del racionalismo; de la raíz religiosa tanto de los problemas internacionales como de su solución; y del impacto del integrismo musulmán especialmente en Europa.
El Estado Democrático en el siglo XX, como modelo universalmente aceptado debe reconocer el valor e importancia de los valores universales de las religiones para sostener una sociedad libre y ética; la religión como el camino de la transformación humana; la total libertad de religión; la concordia y necesidad mutua entre la sabiduría y conciencia de la religión y la experiencia y técnica del liderazgo político y económico; y una educación del conocimiento afianzada en la formación del carácter de las nuevas generaciones basada en los valores ético-religiosos comunes a todas las creencias.
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