El nuevo Papa Benedicto XVI ha insistido como su antecesor Juan Pablo II en que Europa no debe abandonar u olvidar sus raíces cristianas. En los comienzos del siglo XXI y a la vista de los resultados de donde nos ha llevado el secularismo extremo, y a donde nos puede llevar de llegar a predominar - especialmente en las democracias industrializadas - el asunto de la vinculación valores ético-religiosos y política y Estado y Religión es de vital importancia.
El año pasado siendo aún el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el hoy Papa y entonces Cardenal Joseph Ratzinger, en dos intervenciones, una radial y otra escrita, señalo que "el laicismo está poniendo en peligro la libertad religiosa" y en otro que "El modelo de laicidad estadounidense es más adecuado que el europeo".
En una entrevista concedida al diario «La Reppublica», Ratzinger señalaba que «existe una agresividad ideológica secular, que puede ser preocupante" y que "«El laicismo ya no es aquel elemento de neutralidad que abre espacios de libertad a todos. Comienza a transformarse en una ideología que se impone a través de la política y no concede espacio público a la visión católica y cristiana, que corre el riesgo de convertirse en algo puramente privado y, en el fondo, mutilado"
Al ser interrogado acerca de la presencia de Dios en la sociedad contemporánea afirma que "Está muy marginado. En la vida política parece casi indecente hablar de Dios, como si fuese un ataque a la libertad de quien no cree. El mundo político sigue sus normas y sus caminos, excluyendo a Dios como algo que no pertenece a esta tierra. Lo mismo sucede en el mundo del comercio, de la economía y de la vida privada. Dios queda a un margen. Sin embargo, me parece necesario volver a descubrir, y existen las energías, que también la esfera política y económica tienen necesidad de una responsabilidad moral, una responsabilidad que nace del corazón del hombre, y en última instancia, tiene que ver con la presencia o la ausencia de Dios. Una sociedad en la que Dios es absolutamente ausente se autodestruye. Lo hemos visto en los grandes regímenes totalitarios del siglo pasado».
En varias intervenciones ante la sección alemana de Radio Vaticano, Ratzinger sostuvo la misma línea de pensamiento diciendo que "«Las culturas del mundo son profundamente ajenas a la secularización extrema que se ha consolidado en Occidente. Tienen la convicción de que un mundo sin Dios no tiene futuro»
En esta oportunidad volvió a reiterar que «el laicismo no constituye ya la garantía de las múltiples convicciones, sino que se establece como una ideología que impone lo que se debe pensar y decir y,...Creo que es un fenómeno que nos debe hacer reflexionar: lo que aparecía como garantía de una libertad común, se está transformando en una ideología que empieza a hacerse dogmatismo y a poner en peligro la libertad religiosa».
Es que el cristianismo en Europa esta viviendo una doble presión. Por un lado el secularismo extremo, que se manifiesta en actitudes hostiles a la religión y en una propensión al individualismo, hedonismo y materialismo y por otro la fuerza creciente de la religión musulmana, con sus vetas de islamismo fundamentalista.
Por eso no debe llamar la atención, aunque encierra algunos aspectos contradictorios históricos, que Ratzinger afirme: «Pienso que bajo muchos puntos de vista el modelo estadounidense es el mejor», mientras que «Europa ha quedado empantanada en el cesaropapismo».
Dijo que «Las personas que no querían pertenecer a una Iglesia de Estado, se fueron a Estados Unidos y allí constituyeron conscientemente un Estado que no impone una Iglesia y que simplemente no es percibido como religiosamente neutral, sino como un espacio dentro del cual las religiones se pueden mover y pueden gozar también de una libertad organizativa, sin ser simplemente mandadas a la esfera privada".
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