lunes, 19 de marzo de 2007

LA PERDIDA DE LA CONFIANZA

Retornar a las cosas básicas y sencillas

 

Nada afecta mas a la salud del sistema democrático, que la mentira

con el fin de alcanzar o mantener el poder o para

lograr un objetivo egoísta a corto plazo.

 

 

La pérdida de las referencias y fundamentos axiológicos básicos, que deben orientar la vida humana es una característica acentuada del período actual.  Asistimos a este fenómeno desde el ámbito individual hasta las escalas mayores. Nada parece ser lo que es. Hay una ausencia de confianza en las instituciones y en sus líderes. Lo vemos en la familia pero también en la política, en la economía (Ej: los bancos, las bolsas de valores, las grandes corporaciones)  y en la justicia. El declive de los sistemas de valores éticos-morales tradicionales que en el pasado ofrecían certeza y unidad a la sociedad, acentuó un sentido nefasto de la libertad. Una "libertad" vista como la mera expansión de los derechos, sin contrapartida en los deberes, una "libertad" ejercida sin ningún límite ni responsabilidad ni respeto por los demás.

 

Los últimos escándalos corporativos en EEUU y también en Europa son una evidencia clara, de que aunque el sistema de libre mercado y de empresa e iniciativa privada son el mejor vehículo para la prosperidad económica, solo pueden alcanzar esta meta si se basa en un estándar de valores trascendentes que todos están dispuestos a respetar; a leyes claras que castiguen aquellos que los violen; y un gobierno que tenga la voluntad de hacer leyes precisas y de hacerlas respetar. El  Senador John Mc Cain, afirmó en el diario New York Times, que "Amar el libre mercado es aborrecer la escandalosa conducta de quienes han traicionado los valores de un mercado abierto, valores que están en el núcleo de un capitalismo sano y próspero".

 

Lo que esta en juego en última instancia no es la suerte de una serie de grandes empresas o de bancos como sucede en nuestra región, sino de un bien más preciado que es la confianza. La confianza en quienes nos gobiernan, la confianza en quién le damos nuestros ahorros, la confianza en quienes dirigen las empresas en las que compramos acciones. La falta de confianza oscurece nuestros corazones haciéndonos ver en los otros, sin distinciones ("el que se quema con leche cuando ve una vaca llora"), "enemigos" que nos acechan.  Todo cae bajo sospecha. Por eso, el que tiene algún grado de poder sobre la vida y los bienes de los demás, y viola la confianza que ellos depositan en él, comete una gran injusticia. Y sino es capaz de arrepentirse y enmendar su error su injusticia es doble.

        

Pero los ciudadanos en general no somos, en ningún lugar del mundo, "víctimas inocentes". Los valores de quienes han violado nuestra confianza son también en gran medida nuestros valores. Nosotros hemos acompañado con nuestro voto, o con especulaciones financieras (ficticias o desproporcionadas) el proceso que acrecentó día a día, y de año en año, la codicia de quienes hicieron cualquier cosa sin medir consecuencias para obtener más poder y riquezas. La laxitud o relativismo en como medimos los actos privados y públicos ha dejado la puerta abierta para lo que ha venido y para lo que aún estar por venir. Cuando los dirigentes en general no son capaces de asumir las consecuencias de sus actos privados se abre la puerta para que en los actos públicos actúen con las mismas formas de conducta. Y cuando los ciudadanos tenemos también ese doble estándar somos nosotros quienes abrimos la puerta a males mayores.

 

En América Latina la mayor amenaza en contra del sistema democrático no proviene hoy de la revolución marxista o de los golpes militares. La gente comienza a tener dudas y resquemores por que no confían en quienes tienen la responsabilidad de gobernar. Prueban a derecha e izquierda, y desencantados de los resultados de sus pruebas, comienzan a escuchar voces de quienes tocan las fibras de su resentimiento personal. En Europa, el crecimiento de sectores extremistas y anti-Unión Europea cabalga sobre los hombros de los jóvenes resentidos con la clase política tradicional a la que ven corrupta e ineficiente.

 

Una de las cuestiones que más contribuye a esa falta de credibilidad  es el llamado "doble discurso".  Aquí sobresalen las promesas que muchas veces se hacen con el único propósito de alcanzar el poder y que no están basadas en un espíritu de sincero ni en un juicio correcto sobre su viabilidad. En la democracia por mas que hagamos votos diarios de identificación con la misma, el procedimiento por el cual se alcanza una meta debe demostrar la justicia de la meta misma. Nada afecta mas a la salud del sistema democrático, de sus sistemas político y económico, que la mentira con el fin de alcanzar o mantener el poder o para lograr un objetivo egoísta a corto plazo. Lo mismo es válido para el sistema de economía libre o en cualquier área de la sociedad.

 

Esta actitud - cualquiera sea quien la promueva y realice - trae inevitablemente la "semilla" de la corrupción y el abuso del poder. Ese mal original, por su naturaleza, tiende siempre a su multiplicación. La incapacidad de traslucir en hechos las promesas conduce a los gobernantes o a cualquier dirigente a ser "prisioneros" de sus palabras. Esto es el comienzo de la incoherencia, de la confusión y de las practicas inmorales en la administración de los intereses públicos o privados.

 


El sistema democrático al igual que afirma los derechos individuales básicos exige también el cumplimiento de los deberes cívicos.  Esto esta en relación con el hecho que, en la democracia no solo hay relaciones horizontales sino también primariamente - al igual que en la familia o la educación - relaciones verticales. Necesitamos un orden. Un orden legitimado por el origen moral de su poder y de sus procedimientos. Ese orden representado por gobernantes e instituciones tiene él legitimo derecho de ejercer el poder que la Constitución le otorga para reprimir excesos fuera de la ley o amenazas al propio sistema.

 

Paúl Johnson, un reconocido escritor británico, señalo en una entrevista a la prensa española en 1991 que "no es posible esperar que el hombre actué sin fallos y por lo tanto un sistema que se basa en esa presunción fracasa en forma necesaria. De una forma u otra, todos los pensadores han reconocido que la naturaleza humana tiene fallos. Los cristianos lo llaman pecado original; se le puede llamar como se quiera, pero hay algo malo en la naturaleza del hombre. Por ello es esencial que cualquier gobierno lo tenga en cuenta. El hombre tiende al bien, pero también hacia el mal".

 

Lo que sucede nos debe hacer reflexionar sobre cosas fundamentales. Cosas simples y sencilla como retomar la enseñanza acerca de que es el bien y que es el mal, que al bien hay que exaltarlo y el mal rechazarlo, y que todos tenemos una responsabilidad individual intransferible en esa misión en la vida. Y que el gobierno existe, entre otras cosas, para asegurar el poner limites precisos al mal, castigando a quienes no respeten la ley y los derechos de los demás. Es bueno tener corporaciones, bancos y empresas prósperas y que ellas aporten al bienestar general, pero eso no se logra si ellas son, en definitiva, "cuevas de ladrones y mentirosos".

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