De reciente publicación, el libro "Liberalismo y jacobinismo en el Uruguay Batllista. La polémica entre José E. Rodó y Pedro Díaz", es más allá de la investigación histórica sobre un acontecimiento puntual de nuestra historia, un aporte a la fundamental discusión que Uruguay se debe sobre sus fundamentos filosóficos y axiológicos. Una discusión postergada, que en particular los actores políticos esquivan.
Señalo esto por que el curso actual y del futuro a corto y mediano plazo, de los eventos políticos, sociales y económicos nacionales, tiene que ver antes que con cualquier otro asunto, justamente con la necesaria refundación filosófica de la nación uruguaya. La mayoría de los sectores políticos, y también sociales, no han asumido que el problema de los cambios estructurales y externos en el país, son imposibles sin un cambio cultural.
Por eso el libro citado y en particular la sección titulada "Rodó: un liberal contra el jacobinismo", cuyo autor es Pablo da Silveira, es de gran valor. El autor observa la importancia de diferenciar liberalismo de jacobinismo. Cuando se habla de "liberalismo" englobando con ello a la esencia que adquiere la democracia occidental se hace una errónea generalización. No lo es tanto desde el punto de vista de las ideas, como de los fundamentos de las instituciones políticas, y de la historia.
Le asiste la razón. Las dos grandes revoluciones, la Francesa de 1789 y la Norteamericana de 1776 (y su antecedente la Revolución Gloriosa en Inglaterra en 1688), que son habitualmente vistas como los orígenes sustanciales de la "democracia liberal" moderna, tuvieron sin embargo más allá de ciertos puntos de convergencia bases y propósitos diferentes.
Uno, y en particular importante, fue su actitud ante la religión. El famoso historiador francés, Francois Furest, en una entrevista concedida al "New York Tribune", el 4 de julio de 1983, sintetizó esta diferencia diciendo: "La Revolución Norteamericana fundó instituciones garantizadas por Dios, mientras que la Revolución Francesa estableció instituciones que no tenían más fundamentos que ellas mismas" y agregó "En el mismo momento en que Rusia sustituye a Francia en el papel de nación situada en la vanguardia de la historia, para bien o para mal, porque hereda de Francia y del pensamiento del Siglo XIX la elección revolucionaria, los discursos historiográficos sobre las dos revoluciones se entrechocan y se contaminan. Los Bolcheviques tienen antepasados jacobinos y los jacobinos anticipaciones de tipo comunista"
En realidad el curso de la democracia norteamericana, su solidez a lo largo de más de dos siglos, estuvo asentada en sus raíces religiosas y en la armonía entre cristianos y deístas. El curso de sangre y tiranía de la Revolución Francesa estuvo marcado por la unión de los ateos y agnósticos en contra de la religión. En ese sentido, la democracia uruguaya en un marco pacífico, tomo el camino "jacobino" de desconfiar de la religión y de excluirla del escenario público, de la educación y de la cultura en general.
Quiere decir que nuestra democracia en el siglo pasado edifico más que un Estado Laico un Estado Laicista. Laico, significa la separación del Estado y las Iglesias, con el propósito justamente de garantizar la libertad de todos los ciudadanos de adorar a Dios según el mandato de su conciencia pero reconociendo la importancia de la religión en la construcción de una sociedad libre. El laicismo es por el contrario es la ideología y aptitud que toma el Estado basada en la desconfianza o encono en contra de la religión, "tolerándola" pero no valorando su importancia cultural y social. Por ello en cuanto la religión cruce el límite de las conciencias individuales, será acusada con mala intención de querer volver a un "Estado Confesional".
Aunque el tema es imposible abarcar en poco espacio es bueno señalar que el triunfo del "laicismo" se gesto en Uruguay, no en la primera década del siglo XX, sino en las últimas décadas del siglo XIX, por entre otros factores, la división del campo "espiritualista" (católicos, protestantes, y deístas), y el triunfo del "positivismo" en la Universidad.
José Enrique Rodó, atribuyó a la prédica de José P. Díaz y otros, un espíritu "jacobino" antes que "liberal" como ellos se definían a si mismo. Da Silveira al analizar y apoyar la tesis de Rodó señala - citando a otro historiador francés, Lucien Jaime cuatro aspectos del "jacobinismo". Ellos son
1)-La apelación a la unidad monolítica del cuerpo social como condición indispensable para la supervivencia de la Nación y para el logro de la igualdad entre los ciudadanos (agregaría yo que es también profundamente hostil a los derechos y progreso individual);
2)-Desconfianza hacia la sociedad civil, a todo aquello que dispute al Estado la adhesión de los ciudadanos (Los "jacobinos" siempre han tenido la habilidad de usar la sociedad civil para llegar al poder pero una vez que como "iluminados" están al frente del mismo tratan de "apagarla");
3)-Borrar los límites entre la política y la moral. Todo conflicto tiende a ser visto como un enfrentamiento entre "buenos" y "malos". Me gustaría también aquí ampliar este puntos señalando que ha diferencia de la religión que también postula un conflicto entre el "bien" y el "mal" (enfatizando el "pecado" antes que el "pecador"), el "jacobinismo" tiende siempre a "estigmatizar" personas, grupos, clases. Su resultado extremo es el "terror" sobre los mismos;
4)-Las "decisiones imperfectas" del "pueblo" deben ser "corregidas" por un "actor político" que realice la "auténtica voluntad general". Esta visión sostenida por Jean-Jacques Rousseau en el "Contrato Social", ha servido de base para la idea de la necesidad de una "vanguardia", que "conduzca" al "pueblo" (que termina siendo constituido solo por quienes aceptan sus puntos de vista) hacia realizar esa "voluntad general".
Para el Profesor da Silveira el triunfo de las posiciones de José P. Díaz sobre las de Rodó, o sea el "jacobinismo" sobre el "liberalismo" han tenido consecuencias muy precisas sobre la democracia y cultura uruguaya.
Una primera, los uruguayos hemos optado por un Estado que interviene en muchos aspectos de nuestra vida (propiedad, educación de los hijos, etc.). En segundo lugar, hemos encerrado al fenómeno religioso en la esfera de lo personal. Sumo a esto por mi parte, hemos creado una "religión laica" con sus propios mitos y personajes. Finalmente, en tercer lugar, hemos optado en vez de apostar a la capacidad individual y de construir el progreso a través de la sociedad civil, dirigir nuestras demandas de bienestar al Estado y los Gobiernos de turno.
Seguiremos por el tema, pero concluyo hoy señalando que estamos en el ocaso de esta sociedad impregnada de "jacobinismo" y espíritu "roussoniano". Como un "boomerang" ella nos golpeará en el último capítulo que esta por escribirse.
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