lunes, 19 de marzo de 2007

EL PRESIDENTE BATLLE Y SU VISIÓN DE LO PÚBLICO Y LO PRIVADO

Mirar a los gobernantes y ver como realmente son

 

Es un gran error, de consecuencias pésimas, afirmar que hay estancos separados en la conducta humana: uno privado y otro público. Todo acto "privado" tiene consecuencias públicas.

 

Si hay algo que todos, quienes escribimos semana tras semana, debemos estar es agradecidos al Presidente Batlle. Permanentemente está lanzando a la palestra pública definiciones sobre variados temas, los cuales, en una importante proporción, van mucho más haya de los tradicionales tópicos sobre los que los gobernantes emiten opiniones y posiciones. Nos da material de sobra y del bueno, por que sin duda sus palabras tienen, como se dice popularmente, diversas "puntas" para el análisis.

 

Días pasados, en ocasión de encontrarse en Maldonado, el Presidente Batlle habló de las reformas que el Uruguay necesita, del llamado a un referéndum en contra de varios artículos de la Ley de Urgencia, de la "antigüedad" de ciertas ideas que están a contramano de la historia, y de la madurez del sistema político uruguayo que según él, dejo atrás la lógica de la contradicción ("dialéctica" agregaría por mi parte) "amigos" vs. "enemigos". Habló de eso pero habló también de algo que es desde mi punto de vista más trascendente en el tiempo que los acontecimientos políticos coyunturales. Me refiero a la moral individual del gobernante y la coherencia ética que de él esperan los ciudadanos.

 

Batlle dejando de lado las cuestiones políticas y económicas afirmó que "la opinión pública precisa mirar a sus gobernantes y ver a través de ellos, que son transparentes en el sentido de que son como son. Cuándo están tristes, están tristes, cuando están contentos, están contentos, cuando están enojados, están enojados" agregando "como somos en nuestra casa ¿vio? Como somos con nuestra mujer, con nuestros hijos, con nuestros nietos y con nuestra madre. Esto es lo que la ciudadanía espera de los gobernantes".

 

Las palabras del Presidente de la República nos introducen a una cuestión que ha estado en el tapete más que nunca en la década pasada. Los gobernantes y la moral pública y la privada. Si recordamos el sonado caso Clinton-Lewinsky alguna de las líneas de defensa (de alguna forma hay que referirse a ella) que se usaron a favor de la posición del ex Presidente estadounidense es que los gobernantes deben ser juzgados por su acción en el gobierno y no por sus acciones privadas. He aquí una disociación entre la moral pública y la privada.¿Es posible ello? No. Por eso concuerdo con los dichos del Presidente Batlle.

 

Los ciudadanos no votamos gente sin defectos, ni culpas personales. De hecho no los hay. Y quién este libre de pecado que tire la primera piedra. Pero si queremos que los gobernantes sean además de buenos gobernantes, buenos ejemplos de cómo luchar y superar los defectos y limpiar las culpas personales, mostrando que un liderazgo es antes que nada y primero que todo, moral. Pretender otra cosa es como pretender erigir un edificio de diez pisos sobre malos o defectuosos cimientos.

        

Es un gran error, de consecuencias pésimas, afirmar que hay estancos separados en la conducta humana: uno privado y otro público. Todo acto "privado" tiene consecuencias públicas.

 

Los seres humanos hemos sido creados para vivir en relación con otros. Nuestra individualidad no es algo que tenga valor por si misma sino en cuanto ella aporta al conjunto. Si no fuera así cabe preguntarse por que rechazamos en nuestra conciencia el egoísmo y exaltamos al altruismo. El individuo no puede realizarse separado de su familia, la familia de la sociedad, la sociedad de la nación, y la nación del mundo. Ir en contra de esto es vivir fuera del propósito original de los seres humanos.

 

Quiere decir que cuando cualquiera de nosotros hacemos un acto que supuestamente puede ser muy "privado", ese acto indefectiblemente tiene una consecuencia pública. Más aún si se es un gobernante y más aún si se es Presidente de un país.

 

Creo que esto es harto obvio. No es la misma la consecuencia sobre el resto que tiene un acto "privado" erróneo o egoísta de los padres que el que pueden cometer los hijos. No es lo mismo la consecuencia de un acto "privado" de un simple ciudadano que de un líder. Esto es algo elemental. Los hijos buscan en sus padres la buena enseñanza, la buena guía y el buen ejemplo. De la misma manera los ciudadanos buscan que sus líderes los representen bien y vivan de acuerdo a una ética elevada. Cuanto más permisivos somos acerca de esto más expuestos estaremos a sufrir todo tipo de abuso en el futuro. Si en las relaciones básicas no hay sinceridad, lealtad, pureza, fidelidad, y autodisciplina, como podemos pensar que en las más complejas y vastas, esos valores estarán presentes. Es un contrasentido.

 

La referencia del Presidente Batlle a mirar al gobernante por el cristal de la calidad de las relaciones familiares no es casualidad si recordamos sus permanentes referencias a la Familia. La Familia es la base de la nación, aquí o en cualquier lugar del mundo. Por ello la responsabilidad pública primaria de todo hombre y mujer es defender la santidad e integridad de la institución familiar. El hogar donde reside la familia es sagrado, y el lugar donde reside el gobierno de la nación también es un lugar sagrado

 

El ver sinceridad en nuestros gobernantes da al ciudadano un sentimiento de confianza. Verlos reír, llorar, mostrar sus sentimientos, es todo eso, bueno. En fin, verlos "humanos", sensibles. Pero también los gobernantes están más que nadie obligados moralmente a controlarse. Gobernar es una "cruz", una pesada "cruz" personal y familiar. La virtud de la responsabilidad es una virtud muy preciada dado que el gobernante sabe que la gente espera de  él, una solidez y fortaleza por encima del promedio. Hay una máxima de Confucio muy aplicable a esto: "Como puedes gobernar a otros si no te puedes gobernar a ti mismo".

 

En definitiva las relaciones entre gobernantes y gobernados son antes que nada relaciones humanas y que como tales deben regirse por valores éticos y morales comunes a unos y otros. A quién no le gusta ver a su Presidente mostrar amor hacia su esposa, abrazar sus nietos, querer a su madre, y expresar lo mejor de su alma. Nos hace recordar un viejo ideal: que el Presidente es alguien de entre nosotros, al cual le hemos delegado la pesada carga de guiar el país, aspirando a que muestre no lo peor sino lo mejor del ser humano en todos los órdenes de la vida.

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