lunes, 19 de marzo de 2007

EL SUSTENTO AXIOLOGICO DEL SISTEMA DE LIBERTADES

Un problema del siglo XXI es la secularización extrema, que ha llegado en algunas regiones del mundo a constituirse en una forma de hostilidad a todo lo que tenga significado religioso. Tiene la potencia de constituirse en la contracara del fundamentalismo religioso que existe especialmente en el mundo islámico. Es tan equivocado que se impongan por la fuerza creencias religiosas desde el poder como que le quite al sistema de libertades civiles el sustento de valores éticos-religiosos pretendiendo asentarlo en un relativismo o neutralidad filosófica y moral.

En la civilización occidental, cuna de la democracia moderna, se manifiestan dos grandes tradiciones culturales. Por un lado la tradición “judeo-cristiana” afincada en el Antiguo y Nuevo Testamento y por otro una que podemos definir como la tradición “helenista”. Aunque no necesariamente contradictorias estas dos tradiciones han sido muchas veces en la historia partícipes de mutuas tensiones y enfrentamientos.

Por un lado la tradición “helenista” que tiene su origen en la cultura griega antigua dio nacimiento a un sistema democrático ateniense. En el, aunque solos algunos tenían derechos, se resaltaba en forma especial la importancia de los valores y virtudes personales como el punto de referencia al momento de elegir a los gobernantes.

Pericles sostenía: “nuestro pueblo reconoce la superioridad de talento, y cuando un ciudadano se distingue de los demás por su carácter, el pueblo lo designa para los puestos públicos, no por derecho de clase sino como una recompensa por sus méritos”

Esta visión no puede separarse de la época de los grandes filósofos griegos como Platón, Sócrates y Aristóteles quienes fueron reformadores del pensamiento pudiendo afirmarse que los cambios ideológicos por ellos impulsados permitieron luego que el mundo mediterráneo pudiera llegar a entender el revolucionario mensaje cristiano.

Pero es, sin embargo, en la tradición judeo-cristiana donde encontramos las raíces más profundas sobre las creencias morales, que son la base de la democracia y la libertad. Como lo señala el erudito francés Jean Servier ya la ley mosaica era más avanzada en su época que las leyes de otras sociedades dado que “mucho antes que los estoicos y de la legislación imperial, reconoció el parentesco servil y los derechos del esclavo frente a su amo”.

También el libro del Éxodo nos relata cuando Jethro, suegro de Moisés, le dice a este, como un consejo frente a las dificultades en resolver los problemas del pueblo: “...enseña a ellos las ordenanzas y las leyes y muéstrales el camino por donde anden y que han de hacer. Además, inquiere tú de entre todo el pueblo varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan la avaricia; y constituirán a éstos sobre ellos caporales sobre mil, sobre ciento, sobre cincuenta, sobre diez. Los cuales juzgarán al pueblo todo el tiempo y será que todo negocio grave lo traerán a ti y ellos juzgarán todo negocio pequeño: alivia así la carga de sobre tí...” Algunos expertos han observado en esto - acertadamente - un breve manual constitucional y de valores y virtudes cívicas básicas.

El surgimiento del cristianismo trajo aparejado una reforma espiritual que llego con el paso de los siglos a ser universal. El cristianismo fue más allá del concepto de “amistad” considerado como básico en las relaciones de la ciudad griega, trayendo el concepto de la “hermandad” entre los hombres y por lo tanto de una igualdad de valor original.

La consecuencia más clara del cristianismo en la formación de la democracia moderna lo vemos en la Revolución Norteamericana. Como señalo Juan Bautista Alberdi: “Washington no es el padre de la libertad de los Estados Unidos. Es una consecuencia de la libertad que ya había en los Estados Unidos”.

Esto que es totalmente cierto no puede separarse del hecho que los primeros pobladores de Nueva Inglaterra en 1620 confeccionaron un Acta donde afirmaban “Nosotros los abajo nombrados, por la Gloria de Dios, la divulgación de la Fe Cristiana y el honor de nuestra patria, aceptamos organizarnos en sociedad política, con el fin de gobernarnos y de trabajar en el cumplimiento de nuestros destinos”.

No en balde pues la Declaratoria de la Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica refleja nítidamente este espíritu. Allí se dice: “Consideramos evidentes en sí las verdades siguientes: todo los hombres fueron creados iguales; el Creador los ha dotado de ciertos derechos inalienables, entre estos derechos consta la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Los constituyentes, pese a no ser todos hombres practicantes de la religión cristiana, pusieron los soportes de la naciente democracia en Dios de donde creían que provenía el valor, la libertad y dignidad de la persona humana. Más allá de las contradicciones y los errores de la religión y del cristianismo en particular, la historia del siglo XX muestra que no se equivocaron.

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