El pasado 12 de octubre, un prelado católico, el Cardenal australiano George Pell, arzobispo de Sidney ofreció en la cena anual del Acton Institute, un discurso con un título provocativo "¿Existe únicamente una democracia secular?".
Pell señala en la introducción que "La democracia nunca va a solas. Solemos hablar de «democracia liberal» para referirnos a lo que normalmente se entiende como un sinónimo de «democracia secular». En Europa hay partidos que defienden una «democracia cristiana». Últimamente ha habido interés en la posibilidad de una «democracia islámica». Esto no se refiere simplemente a cómo pueda ser constituida la democracia, sino a la visión moral a la que la democracia se considera que sirve" y agrega "La democracia no es un bien en sí mismo. Su valor es instrumental y depende de la visión a la que sirve".
El Cardenal Pell señala con acierto que la democracia secular, según insisten algunos, no busca servir a ninguna visión moral no una filosofía trascendente. Una democracia basada en el individualismo, el hedonismo y el relativismo tanto cognoscitivo como ético.
Por el contrario Pell promueve una alternativa que el llama «personalismo democrático», que implica una "democracia fundada sobre la dignidad trascendente de la persona humana" y afirma que "La trascendencia nos conduce a nuestra dependencia de los demás y a nuestra dependencia de Dios. Y la dependencia es la forma en que conocemos la realidad de la trascendencia. No hay nada de indemocrático en el traer esta verdad a nuestras reflexiones sobre acuerdos políticos".
Aunque he escrito en otras oportunidades sobre este tema, pienso que la vinculación del sistema de libertades e instituciones democráticas a un sistema de valores éticos y morales trascendentes es el único fundamento sobre el cuál la democracia podrá sobrevivir los terribles embates de este siglo.
Hoy puede parecer algo ajeno a la democracia las raíces religiosas pero no deberíamos cansarnos de recordar que los experimentos democráticos mas sólidos, las democracias anglosajonas han podido sostenerse en una enorme medida por esas raíces y han sido esas raíces las que le han evitado, como sucedió en otras naciones, terminar "adorando" como "dioses" a los más crueles tiranos de la historia.
Por ejemplo la Revolución Norteamericana tuvo un antecesor que fue la Revolución Gloriosa de 1688 en Inglaterra. En ese país mientras Carlos I fortalecía el absolutismo muchos Puritanos se fueron al Viejo y al Nuevo Continente en busca de libertad para su fe. Más tarde durante el reinado de Jaime II, Guillermo de Orange desembarco en Inglaterra y llevó a cabo una revolución básicamente pacífica y reconoció un año después la "Declaración de Derechos".
Esa profunda fe en Dios y el espíritu de libertad que había en los puritanos, los cuáqueros, y otros grupos cristianos hecho profundas raíces en lo que hoy es Estados Unidos de Norteamérica. Durante el primer invierno en Massachussets, casi la mitad de los colonos puritanos que se establecieron allí murieron debido a las dudas condiciones de vida. Después de la primera cosecha, los sobrevivientes se unieron en oración y acción de gracias para rendir culto a Dios en una tradición que aún perdura como uno de las más importantes en aquel país.
Cuando la Emancipación de Norteamérica comienza las ideas de la Ilustración, tales como el Deísmo, no eran ajenas a los líderes de la misma y aunque esas ideas eran influyentes no lo fueron por el contrario la incredulidad en cuestiones religiosas y el anticlericalismo de los filósofos franceses. Es muy claro que en la Revolución Norteamericana existió una armonía entre cristianos y deístas cosa que no existió en la Revolución Francesa.
Las raíces religiosas de la Revolución Norteamericana emergen de muchas formas. George Washington dedico un tercio de su mensaje, al asumir la Presidente de los EE.UU., expresando que esa nación necesitaba confiar en Dios.
Benjamín Franklin predicaba un credo de seis puntos que afirmaba: Existe un Dios, un Creador que debe ser adorado; que Dios gobierna el mundo con su Providencia; que los seres humanos podemos glorificar a Dios amando a nuestros hijos; que el alma de los seres humanos es inmortal y que en el más allá, el alma de los seres humanos será juzgada por su conducta en este mundo.
La Primera Enmienda de la Constitución de los EE.UU. de 1791, en su artículo 1° defiende el criterio de la más amplia libertad de culto afirmando que: "El Congreso no aprobará ninguna Ley con respecto al establecimiento de Religión alguna o que prohíba el libre ejercicio de la misma...".
Para los Padres Fundadores de los EE.UU. la libertad y la igualdad provenían de Dios, por lo que la labor de las instituciones políticas era simplemente ofrecer el marco en el cual esos derechos naturales podían realizarse plenamente.
Es interesante ver que aún en los momentos de mayor tragedia esa raíz religiosa en la cual se afincó la democracia norteamericana emergió como un norte. Pocos días después de la Batalla de Gettisburg, más precisamente el 19 de noviembre de 1863, el Presidente Lincoln ofreció en el campo donde el enfrentamiento fratricida sucedió, un famoso sermón. Allí dijo para la posteridad que "Es mejor que nosotros vengamos aquí a consagrarnos a la gran labor que nos queda por delante..La que estos muertos venerados afirmen nuestra devoción por la causa que ellos se consagraron con definitiva, ardorosa medida, de modo que aquí en alto declaremos que estos muertos no sucumbieron en vano, que esta Nación bajo Dios, renacerá con libertad y que el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo no desaparecerá de la Tierra".
Si observamos la historia de los dos últimos siglos hay solo dos grandes naciones en donde a lo largo de ese período han existido como sociedades libres y donde no ha habido dictaduras ni tampoco han caído en manos de tiranos invasores. Esas naciones son EEUU e Inglaterra.
Una enseñanza también de ese mismo período de tiempo, y en particular del siglo XX, es que los seres humanos no queriendo adorar a Dios en nombre del progreso y la ciencia terminamos "adorando" a la maldad y los tiranos como es el caso del nazismo y comunismo.
En tiempos de transición, en un ambiente de crisis y confusión, de pérdida de puntos de referencia, sería primordial para asegurar que la democracia y la libertad predominen en este siglo que líderes y ciudadanos siguiéramos llamados como los de Lincoln y eleváramos nuestras mentes y corazones hacía Dios, buscando las fuentes de nuestra convivencia libre y armónica.
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