viernes, 16 de marzo de 2007

PRINCIPIOS BASICOS QUE NADIE DEBERIA OLVIDAR

En medio de la confusión hay verdades eternas que son referencias ineludibles

 

 

Leyendo día atrás un artículo del teólogo católico español José María González Ruiz titulado "La Biblia Laica", sentí la necesidad de hurgar en el Antiguo y Nuevo Testamento buscando justamente aquellas enseñanzas que más allá de si uno pertenece o no a una iglesia o a un determinado credo religioso en particular son principios espirituales trascendentes que traen consigo implicaciones éticas y morales que constituyen la base de una buena y bondadosa conducta humana. Cuando califico a esos principios como trascendentes lo hago en un doble sentido. Por un lado como algo no limitado por el tiempo y el espacio dado que encierran una verdad y un valor espiritual eterno. Por otro trascendente a los dogmas y teologías que pueden separar a las diferentes fe religiosas y escuelas filosóficas teístas.

 

En un tiempo de cambio dramáticos como los actuales las incertidumbres crecen en la misma medida que crece también la búsqueda de la identidad y la pertenencia por parte de los seres humanos. De donde venimos, por que estamos aquí, y hacia donde vamos son interrogantes básicas cuya respuesta le permite a la humanidad ubicar el pasado, el presente y el futuro en una línea coherente que le da un sentido de existencia y propósito a nuestras vidas.

 

No tenemos mucho espacio para poder expresar a los lectores todo lo que a uno le gustaría expresar acerca de estos temas, pero creo que cumplo mi propósito, si expreso en una forma sintética alguno de esos principios que creo pueden hacernos reflexionar y permitirnos tener una mayor claridad en nuestros corazones y nuestras mentes.

 

En primer lugar los dos grandes mandamientos que todos los seres humanos tenemos y que son: Amar a Dios y Amar al Prójimo. Ambos de igual valor. Uno no puede separarse del otro y su vigencia depende de que ambos estén ubicados correctamente, como primero y segundo, en la vida de cada persona. La verdadera experiencia individual con Dios, como un Padre de Amor, es la que nos permite llegar a entender el amor que Dios tiene no sólo para nosotros sino por todos los seres humanos sin excepción. Ese amor no tiene límites de razas, culturas, condiciones sociales o religiones, es uno sólo para todos. Sólo heredando y practicando ese tipo de amor, que presupone entender que todos los seres humanos somos hermanos y formamos parte de una sola familia humana,  uno puede llegar a amar a cada ser humano de la misma forma que Dios nos ama y los ama. Un fuerte vínculo amatorio con Dios es la base para un fuerte amor horizontal entre todos los seres humanos.

 

Un segundo lugar  un principio que implica un desafío aún mayor. El mundo de hoy no es el mundo de paz y amor que Dios y nuestras conciencias anhelan. Los seres humanos hemos estado desde el primer crimen de la historia, la muerte de Abel en manos de Caín, tratándonos unos a otros no como hermanos sino como "enemigos". Por ello vemos en el Nuevo Testamento que se dice "Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen". Es este un principio y una vía para reparar una relación rota entre hermanos que no se reconocen entre sí. Exige grandeza de corazón y es una victoria del amor sobre el odio, del bien sobre el mal.

 

Un tercer orden  debemos reconocernos a nosotros mismos como lo que realmente somos, ver en nosotros la naturaleza original. Somos creados a "imagen y semejanza" de nuestro Creador. Somos "hijos y templos de Dios" con el mandamiento de "ser perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto". Tenemos un valor único, eterno e incambiable. Hay en nosotros un espíritu eterno, un alma sagrada e inviolable, y un cuerpo santo que es recipiente en esta vida de ese espíritu eterno. Tenemos pues la potencia dentro de nosotros mismos de la perfección espiritual, de nuestro corazón y de nuestro carácter interno. Es para nosotros la primera y más sagrada misión en la vida. Sobre esa perfección individual, podemos edificar familias, sociedades, naciones y un mundo de unidad y paz.

 

En cuarto lugar  debemos saber que no sólo somos un cuerpo sino que lo que nos distingue de otras creaciones es que los seres humanos tenemos un espíritu eterno y una vida espiritual eterna, en otra dimensión de la vida más allá de actual. En ella los méritos externos logrados en esta vida: conocimiento, dinero y poder, no significan nada frente a los méritos internos que tienen que ver con nuestro corazón, amor, y una vida de bondad. Por ello vemos en el Nuevo Testamento la advertencia de Jesús, multiplicada a lo largo de los siglos por el cristianismo y otras religiones, que dice: "¿Qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?". Hay una relación estrecha entre el modo en como vivimos nuestra vida actual con nuestro destino espiritual eterno. Cada uno cosechara en la otra vida lo que hemos hecho en esta. Por ello también se dice en el Nuevo Testamento "y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos".

 

       

En un quinto lugar  consideremos cuales deben ser los pilares de nuestra vida. Hay una parábola en la Biblia que compara los resultados diferentes que obtuvieron dos hombres que edificaron sus casas. Uno la edificó sobre la roca y su casa soporto la tempestad y no cayo. El otro la edificó sobre la arena y su casa cayó y grande fue su ruina. Esto es una parábola muy profunda y significativa para nuestras vidas y situación actual. Las vidas y las relaciones humanas edificadas sobre el poder, el dinero, el sexo, son vidas y relaciones destinadas a la ruina y a la degradación. La vida y las relaciones humanas deben edificarse sobre pilares eternos, de orden espiritual. Deben edificarse sobre la fe en Dios y sobre el amor como el valor supremo. Pablo escribió en la carta a los Corintios palabras maravillosas acerca del valor supremo de un verdadero amor. Allí se dice "Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda la ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo a ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve".

 

Por último, quisiéramos hablar de nuestra condición presente. Hemos sido creados como "hijos y templos de Dios", pero existe dentro de nosotros otra naturaleza desviada, que nos lleva hacia el mal y el egoísmo. Las religiones monoteístas hablan de que los seres humanos se separaron al comienzo de la historia de Dios ("la caída") y que los seres humanos hemos heredado un "pecado original" que ha manchado nuestro espíritu. Aún científicos, psicólogos, historiadores, han visto una fuerza invisible que lleva a los seres humanos, capaces de los actos más sublimes de amor, a realizar los actos más atroces. Reconocer nuestra condición interna de conflicto entre nuestra mente y nuestro cuerpo, entre dos principios antagónicos, es algo vital. Nuevamente Pablo, un hombre santo que dedico su vida a predicar el Evangelio, reconocía esa lucha dentro de sí diciendo " Por que según el hombre interior me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que esta en mis miembros".

        

Por esa condición, a la que nadie escapa, debemos tener una actitud permanente de arrepentimiento, de reflexión y reconocimiento sincero de nuestros errores, de poner más el acento en la viga que hay en nuestro ojo que la paja que hay en el ojo ajeno. Arrepentimiento, oración, meditación, reparación del mal cometido, no son cosas vanas o parte de una actitud pasiva o contemplativa  ante la vida, sino por el contrario parte de una vida intensa, comprometida con hacer el bien en la vida de uno y en ser un ejemplo para otros.  Cuanto necesitamos en nuestras vidas de todos estos principios para hacerla más digna y mejor.

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