Un documento que refleja los valores que trajeron
el éxito de esa nación
Se festeja hoy un nuevo aniversario de la Declaratoria de la Independencia de los EE.UU. de 1776. El recuerdo del acontecimiento histórico reviste en esta oportunidad una trascendencia especial debido a varios motivos sobresalientes. Es la primera conmemoración después de los hechos del 11 de setiembre de 2001 y acontece en un momento en el cuál EE.UU. se encuentra bordeando la cúspide de su poder como la potencia hegemónica en el ámbito mundial y donde su papel de Imperio esta en entredicho.
La Declaratoria de la Independencia del 4 de julio de 1776 fue redactada por Thomas Jefferson a cuyo borrador hicieron correcciones y aportes lo no menos ilustres Benjamín Franklin y John Adams. Aquel día el Congreso la aprobó y resolvió que fuera certificada e impresa. Finalmente el 18 de enero de 1777 una copia certificada de la Declaración fue enviada a cada uno de los estados unidos.
El contenido y el espíritu que refleja dicha Declaración de trascendencia mundial no puede entenderse sino se tiene en cuenta en el soplo fundador que viene de los pioneros que llegaron a las riberas de Massachussets, Nueva York y Maryland en el siglo XVII. Ellos vinieron no meramente en busca de prosperidad económica, sino porque buscaban el derecho a la libertad de conciencia y de religión. A título de ejemplo el Acta de los pobladores de Nueva Inglaterra de 1620 dice: "Nosotros los abajo nombrados, por la gloria de Dios, la divulgación de la Fe Cristiana y el honor de nuestra Patria, aceptamos organizarnos en sociedad política, con el fin de gobernarnos y de trabajar en el cumplimiento de nuestros destinos".
Durante el primer invierno en Massachussets, 47 de los 102 colonos perdieron su vida a consecuencia de las duras condiciones. Después de la primera cosecha, los peregrinos se unieron en oración y acción de gracia para rendir culto a Dios que los había protegido. Algunos de estos pioneros veían en la nueva nación que estaban fundando un nuevo Israel y una nación de designio providencial. Más adelante el despertar religioso alentado por figuras como Jonathan Edward son vistos por los historiadores como la preparación espiritual y ética para la formación de una nación independiente.
En armonía con esa raíz, en los documentos que rodean la Revolución Norteamericana, encontramos una mención constante a la Divina Providencia. George Washington dedicó un tercio de su mensaje al asumir la presidencia expresando que los EE.UU. necesitaban confiar en Dios.
La Declaratoria de la Independencia del 4 de julio de 1776, refleja a su vez nítidamente ese sentimiento de trascendencia de la vida humana y la libertad cuando sostiene: "Consideramos evidentes en sí las verdades siguientes: todos los hombres fueron creados iguales; el Creador los ha dotado de ciertos derechos inalienables, entre estos derechos consta la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad".
Esta tradición se mantuvo aún en los momentos más dramáticos de la vida de la nación estadounidense. Son famosas las palabras de Abraham Lincoln el 19 de noviembre de 1863, en el campo de batalla de Gettysburg cuando afirmó inflamando el corazón de sus compatriotas que: "esta nación, bajo Dios renacerá con libertad, y que el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo no desaparecerá de la tierra".
Aunque las raíces de la Revolución Norteamericana tienen un contenido fuertemente religioso, uno debe tomar en cuenta también la influencia de la corriente humanista sobre ella. La clave del éxito de la Revolución Norteamericana fue su capacidad de armonizar las corrientes cristianas y humanistas, representada esta por el deísmo. La incredulidad militante y el anticlericalismo de los filósofos franceses, nunca encontraron eco en el pueblo norteamericano.
Observadores de la historia de los EE.UU. del siglo pasado como el pensador francés, Alexis de Tocqueville, sostuvieron que no si puede separar la democracia norteamericana de sus subyacentes principios religiosos. Esta tradición, tan fuertemente arraigada, siguió durante el siglo XIX y XX. Una oración abría diariamente la sesión del Congreso de los Estados Unidos. Tocqueville escribió diciendo que buscó la grandeza de los Estados Unidos en los lugares de comercio, señaló que no la encontró allí, sino en las iglesias y en los púlpitos inflamados de rectitud.
En Uruguay hombres públicos de gran destaque como fueron Prudencio Vázquez y Vega y Luis Alberto de Herrera reconocieron la importancia de estas bases espirituales en la formación de la democracia. Prudencio Vázquez y Vega en su cátedra en el Ateneo de Montevideo, sostenía que: "...La Revolución de Inglaterra tiene su razón de ser en la reforma de los puritanos e independientes; la de los Países Bajos en la popularidad de la reforma de los luteranos; la de los EE.UU., en las sencillas costumbres de los puritanos y en el gran principio de la libertad de cultos... Las grandes revoluciones religiosas engendran según se ve, en la mayoría de los casos, grandes revoluciones civiles y políticas". Luis Alberto de Herrera en su libro "La Revolución Francesa y Sudamericana" defendió el valor de los principios de las Revoluciones inglesa y norteamericana para el futuro de las instituciones libres en nuestro continente.
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