Bajo el título "¿Cabe Dios en la Constitución Europea?", se publico hace pocos días, un artículo de Rafael Navarro-Valls quién es catedrático de Derecho Canónico de la Universidad Complutense de Madrid y además, secretario general de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.
El artículo en cuestión, viene al caso por la actual polémica creada ante la oposición a citar al cristianismo en la nueva Constitución Europea. Ante ello un movimiento intereuropeo ha logrado recolectar más de un millón de firmas solicitando que no se concrete una omisión histórica de dicha magnitud.
Dado que muchos países son partidarios de incorporar tal mención a las raíces espirituales y religiosas de Europa solo si hay consenso, la tenaz oposición de Francia y Bélgica ha dicha medida, hacen que otros países duren de su postura. Por el contrario, países como Italia, Lituania, Malta, Polonia, República Checa y Eslovaquia, son firmes partidarios de la inclusión.
Contra la propuesta se ha levantado la ideología del laicismo que intenta presentar la propuesta como un intento de volver al integrismo, en este caso católico, y un desconocimiento a otras religiones. Todos esos argumentos actúan bajo un cierto grado de verdad para edificar sobre el mismo una visión falsa, de lo que esta en juego.
Es que el tema va mucho más allá de si se ubica en el texto de la nueva constitución europea una referencia a las raíces cristianas o no. En realidad se trata antes que nada, tener conciencia como señala el ilustre constitucionalista Albert Blaustein que "Una constitución también sirve para recordar al pueblo en qué cree". Diría yo en un sentido más global y extendido, en que creyeron los antepasados que dieron forma a una nación.
El punto para mi clave es si Dios tiene "lugar" en una constitución. Cuando digo Dios no estoy diciendo una iglesia y su dogma, sino Dios como Padre de la Humanidad y los valores espirituales universales.
Navarro-Valls en su artículo cita a Monseñor Walter Brandmuller, Presidente de la Comisión Pontificia de Ciencias Históricas, quién afirma que las catástrofes europeas del Siglo XX, las dos guerras mundiales, y los campos de concentración nazis y comunistas, son el resultado de la ruptura de Europa con sus orígenes en Jerusalén, Atenas y Roma.
Coincidente con esto, el pensador judío George Steiner en un reportaje publicado por el diario La Nación, el pasado sábado 20, bajo el título "El cansancio de la vieja Europa", señala que la decadencia europea tiene que ver justamente con la ruptura con "Atenas" y "Jerusalén".
La tradición judeocristiana y la filosofía moral y trascendente griega de Sócrates, Platón y Aristóteles, forman a través de la religión y la filosofía los sustentos básicos para la evolución de los valores individuales y sociales, la libertad, y el progreso en los sistemas políticos y económicos. Desconocer esas fuentes, o tener "vergüenza" de reconocerlas, significa algo así como que el árbol piense que puedo existir y vivir sin sus raíces.
En contraposición con este dilema existencial de identidad europea, allende el Atlántico, en los EE.UU., esa disyuntiva ha sido resuelta desde la época anterior a la Independencia y ratificado por sus Fundadores, cristianos y deístas. Dios ocupa un lugar inequívoco en la Declaratoria de la Independencia de EEUU; en el espíritu de su Constitución, y en sus símbolos más representativos, entre ellos el dinero, a través de la máxima "En Dios confiamos".
Dicha tradición, como señale fue asentada antes de la formación de los propios EEUU. A título de ejemplo el Acta de los pobladores de Nueva Inglaterra de 1620 dice: "Nosotros los abajo nombrados, por la gloria de Dios, la divulgación de la Fe Cristiana y el honor de nuestra Patria, aceptamos organizarnos en sociedad política, con el fin de gobernarnos y de trabajar en el cumplimiento de nuestros destinos".
Sin lugar a dudas el lugar que se le ha dado a Dios en la formación de esa nación y sus leyes, lejos de hacer más débil a la república democrática y a sus instituciones libres, a creado la democracia más sólida a lo largo de los últimos 400 años y ha otorgado a todos la mayor libertad religiosa.
Aunque puesta a prueba por el relativismo moral y el espíritu antirreligioso, las raíces originales han resistido el embate de esos "vientos". Un ejemplo reciente es la decisión de la Suprema Corte de Justicia, de no dar lugar a un reclamo de un padre ateo en contra del juramento patriótico que hacen los niños en las escuelas que reza "una Nación bajo Dios". Aunque esa es una práctica iniciada en el siglo XX ella tiene su sostén en el pensamiento de sus grandes figuras públicas como George Washington, Thomas Jefferson, y Abraham Lincoln.
La negativa en Europa a dar un lugar a Dios, como origen de los valores de la dignidad humana y la libertad, constituye una negación de la historia pasada, presente y futura.
La idea del comunismo acerca que la ciencia materialista haría terminar a la religión y la fe en Dios en el "basurero de la historia" cayo por su peso, al ser una de las mayores mentiras de los siglos XIX y XX. Luego la visión de que la "modernidad" destruiría los pilares de las creencias religiosas, también dejó paso a una realidad totalmente diferente. La "modernidad" se destruyo a sí misma y a no ser por la religión (en cuanto acercar a los seres humanos al Creador y sus valores) el mundo del mañana, y en él la democracia y las constituciones, será un mundo en donde la vida, el honor y la libertad pueden llegar a valer muy poco.
La incertidumbre europea no la hace más fuerte sino más débil frente a la realidad del mundo de hoy. Como señala Navarro-Valls "lo religioso se ha expandido como una mancha de aceite por América, Asía, África, y aún algunas zonas europeas". Una Europa descreída, dubitativa, toma un camino de su autodestrucción, dado que no tendrá la fuerza espiritual para enfrentar los grandes retos de su presente inmediato y los de más largo plazo. El proceso de construcción de su unidad, tan importante para el mundo del siglo XXI, parece necesitar como lo indica el resultado de sus elecciones parlamentarias más fe y esperanza que una secularización despreciativa a lo sagrado.
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