viernes, 16 de marzo de 2007

DE LO QUE LOS LIDERES POLITICOS NO HABLAN: El verdadero estado de la Nación

No somos un país que piensa a largo plazo, nos cuesta discutir o hacer estudios (salvo honrosas excepciones) que hagan previsiones sobre como será el Uruguay dentro de veinte años – por hablar de un período de tiempo "corto" de la historia del mundo -  y generalmente – todas las excepciones son malas – evitamos poner el "dedo en la llaga", algo inevitable si tenemos que curar la herida.

 

Cuando la pasada campaña electoral del año 1999 vimos con sorpresa y agrado que muchos de los candidatos se referían a la necesidad de fortalecer la familia y enfatizar la naturaleza formadora del carácter de la educación. El propio Presidente Batlle en su discurso, en la noche en que gano la elección, hizo referencia a la importancia del "ser" antes que el "tener".

 

Pero lamentablemente, y esto es un pecado colectivo y no una culpa del gobierno, hemos estado perdiendo día a día la batalla frente a los fenómenos de degradación social, que son muchos y muy extendidos en nuestro país. Ahora como la crisis de los últimos años trajo la atención a los asuntos referidos a una agenda socioeconómica, los aspectos fundacionales de una nación y una civilización, no aparecen en los discursos de los candidatos ni en los programas de gobierno si es que los hay.

 

Veamos a que me estoy refiriendo. Empecemos con la Familia, de la que el artículo 40 de la Constitución dice que es la base de la sociedad.

 

  • En 1990, los matrimonios fueron 20.084, en el año 2002 llegaron apenas a 14.073. Hay una tendencia a la baja constante en estos años.
  • A la vez los divorcios fueron en 1990, 4.611. En el año 2002 llegaron a 6.761. En el año 1991 hubo un record con 9.800 y entre el año 1998 y el 2002 se han mantenido en alrededor de los 7.000.
  • En definitiva, con pocas diferencias hay por cada 2 nuevos matrimonios, un divorcio. En 1961 había por cada 12 nuevos matrimonios, 1 divorcio. Es fácil ver en que dirección nos movemos.

 

En un ensayo de mi autoría publicado en el año 2000, titulado "El Índice Cultural de la Nación: Su estado espiritual y moral" me refería también al aumento de los hogares monoparentales (fruto de embarazos adolescentes, divorcios, etc.) donde miles de niños uruguayos se criaban con la ausencia de uno de los padres, generalmente el hombre, con los consiguientes efectos – comprobados mundialmente – de menor rendimiento escolar; depresión; tendencia a caer con mayor facilidad en la delincuencia, el consumo de drogas. Además sabemos que los hogares uniparentales son en promedio  más pobres que los monoparentales.

 

A todo esto debemos sumar otros asuntos íntimamente relacionados con la crisis de la familia y el matrimonio, como insignias, junto a la escuela y el barrio, de la estructura social integradora nacional. Podemos citar entre esas cuestiones vinculadas al:

 

  • Aumento del consumo de drogas legales e ilegales entre los adolescentes y con una edad de inicio cada vez más a la baja;
  • Aumento de episodios de violencia verbal y física y actos de desborde por parte de los jóvenes por el consumo excesivo de esas drogas;
  • Hechos de violencia dentro de los centros de estudio, algunos de los cuales salen al conocimiento de la sociedad, como los del Liceos 12  y 13, pero que son sólo la punta del iceberg. Los problemas disciplinarios son cada vez mayores y están llevando al límite la viabilidad de los modelos pedagógicos actuales que han tendido a la permisividad.
  • El peso excesivo de los medios de comunicación en la formación o deformación del carácter de los niños y adolescentes, ante la ausencia creciente del papel central de los padres y educadores como sus formadores.

 

La crisis familiar es acompañada también con la crisis del modelo educativo, carente de contenido y que sólo sirve a quienes han hecho de él un "guetto" privado de sus fines filosóficos y políticos. El aumento de la delincuencia y el aumento de la violencia en las relaciones sociales han afectado las relaciones vecinales y con ello el tercer punto de referencia de la vida de los uruguayos que era la vida barrial.

 

Podemos hablar de muchos otros factores que muestran una grave enfermedad del alma de la nación, que es la extensión del alma de los ciudadanos que la integran. Podemos citar por ejemplo entre ellos el estar entre los primeros cuatro países del mundo en índice de suicidio o el bajísimo crecimiento demográfico, que obedece a causas no económicas y con consecuencias muy importantes

 

Pero el objetivo de hoy no es dar cifras concretas, que las hay, sino que enfatizar que el verdadero estado de la nación no se puede apreciar a través de los indicadores económicos o por gozar de un funcionamiento institucional normal. Una nación es mucho más que eso. Es justamente aquello que le da sentido a la existencia de un sistema político y económico de libertades. Nos referimos a sus instituciones y valores básicos, que como pilares son los que soportan el resto del edificio.

 

No creo que sea un gran descubrimiento decir que cuando esas instituciones, como la familia y la enseñanza están en entredicho, y los liderazgos de los padres y los educadores se pierden, toda la sociedad pierde sus puntos de referencia, y tarde o temprano, todo el funcionamiento de la sociedad, ya sea político o económico, se verá afectado.

 

Permítaseme dar un ejemplo. Aunque un Presidente tenga en sus manos todos los poderes de la nación, él no podrá mediante una ley o por un acto administrativo el impedir que los jóvenes consuman cada vez más drogas y que los hogares se fracturen. No habrá policía capaz bajo esas y otras constantes de mantener el orden público y no habrá cárceles para albergar a quienes cada vez más estarán dispuestos a violar la ley. ¿Que harán los líderes de nuestras naciones ante ese panorama? ¿Han pensado como serán nuestras naciones, con estas "bombas atómicas" ya activadas en su seno?  Si piensan que responden a meras causas políticas o económicas, tardarán muy poco para darse cuenta de su error. Es más complejo, como compleja es la lucha interna de los seres humanos.

 

Podríamos hablar mucho más de las consecuencias globales de estos fenómenos, pero lo que debería quedar claro es que nuestros líderes políticos, cuando hoy están pidiendo el voto a la ciudadanía, están hablando de ciertos asuntos – algunos de ellos importantes – pero obviando otros que son más importantes aún. Necesitamos líderes que pongan en primer lugar la agenda de la renovación moral y social de las naciones. Sino lo hacen estarán destinados a ser como Sísifo: empujar eternamente una roca hacia la cima de la colina, una y otra vez. Hasta que sus fuerzas ya no existan y la piedra los aplaste.

 

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