lunes, 19 de marzo de 2007

LA DEMOCRACIA LIBERAL Y SUS ORIGENES

Aunque es común hablar de democracia liberal como una única realidad, la misma - como ya comenzamos a ver en nuestra anterior columna - no tiene una sola raíz. Es aceptado que en el siglo XVIII hubieron dos grandes revoluciones a partir de las cuales la democracia liberal comenzó a extenderse en el mundo. Nos referimos a la Revolución Norteamericana de 1776 y la Revolución Francesa de 1789.

 

Sin embargo esos dos grandes sucesos históricos no son similares ni por los pensamientos ni por los métodos que predominaron en cada una de ellas.

 

Por un lado la Revolución Norteamericana tuvo un antecesor que fue la Revolución Gloriosa de 1688 en Inglaterra. En ese país mientras Carlos I fortalecía el absolutismo muchos Puritanos se fueron al Viejo y al Nuevo Continente en busca de libertad para su fe. Más tarde durante el reinado de Jaime II, Guillermo de Orange desembarco en Inglaterra y llevó a cabo una revolución básicamente pacífica y reconoció un año después la "Declaración de Derechos".

 

Esa profunda fe en Dios y el espíritu de libertad que había en los puritanos, los cuáqueros, y otros grupos cristianos hecho profundas raíces en lo que hoy es Estados Unidos de Norteamérica. Durante el primer invierno en Massachussets, casi la mitad de los colonos puritanos que se establecieron allí murieron debido a las dudas condiciones de vida. Después de la primera cosecha, los sobrevivientes se unieron en oración y acción de gracias para rendir culto a Dios en una tradición que aún perdura como uno de las más importantes en aquel país.

 

Cuando la Emancipación de Norteamérica comienza las ideas de la Ilustración, tales como el Deísmo, no eran ajenas a los líderes de la misma y  aunque esas ideas eran influyentes no lo fueron por el contrario la incredulidad en cuestiones religiosas y el anticlericalismo de los filósofos franceses. Es muy claro que en la Revolución Norteamericana existió una armonía entre cristianos y deístas cosa que no existió en la Revolución Francesa.

 

Las raíces religiosas de la Revolución Norteamericana emergen de muchas formas. George Washington dedico un tercio de su mensaje, al asumir la Presidente de los EE.UU., expresando que esa nación necesitaba confiar en Dios.

 

Benjamín Franklin predicaba un credo de seis puntos que afirmaba: Existe un Dios, un Creador que debe ser adorado; que Dios gobierna el mundo con su Providencia; que los seres humanos podemos glorificar a Dios amando a nuestros hijos; que el alma de los seres humanos es inmortal y que en el más allá, el alma de los seres humanos será juzgada por su conducta en este mundo.

 

La Primera Enmienda de la Constitución de los EE.UU. de 1791, en su artículo 1° defiende el criterio de la más amplia libertad de culto afirmando que: "El Congreso no aprobará ninguna Ley con respecto al establecimiento de Religión alguna o que prohíba el libre ejercicio de la misma...".

 

 


En comparación con la Revolución Norteamericana, la Francesa tuvo un contenido no solo anticlerical sino profundamente antirreligioso. El famoso historiador y pensador francés, Alexis de Tocqueville dijo: "Entre las pasiones nacidas de la Revolución...la primera en encenderse la última en extinguirse fue la pasión antirreligiosa. En ninguna parte se convirtió la antirreligión en una pasión general, ardiente, intolerante y agresiva, como en Francia".

 

La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución Francesa fue especialmente ambigua con referencia a la libertad religiosa. Allí se afirmó que "Ninguno será perturbado a causa de sus opiniones, aún las de orden religioso...".

 

El historiador francés Francois Furest señalo comparando a las Revoluciones Norteamericana y Francesa que "la Revolución Norteamericana fundó instituciones garantizadas por Dios, mientras que la Revolución Francesa estableció instituciones que no tenían más fundamento que ellas misma". Furest agrega que se puede ver en la Revolución Francesa, en su "jacobinismo", anticipos del totalitarismo comunista del Siglo XX.

 

Para los Padres Fundadores de los EE.UU. la libertad y la igualdad provenían de Dios, por lo que la labor de las instituciones políticas era simplemente ofrecer el marco en el cual esos derechos naturales podían realizarse plenamente. Ese origen divino de los derechos del hombre no existía en la Revolución Francesa y por ello aunque la misma comenzó en nombre de los sagrados valores de la "Libertad, Igualdad y Fraternidad" desemboco en terror, muerte y tiranía.

 

Es interesante ver que aún en los momentos de mayor tragedia esa raíz religiosa en la cual se afincó la democracia norteamericana emergió como un norte. Pocos días después de la Batalla de Gettisburg, más precisamente el 19 de noviembre de 1863, el Presidente Lincoln ofreció en el campo donde el enfrentamiento fratricida sucedió, un famoso sermón. Allí dijo para la posteridad que "Es mejor que nosotros vengamos aquí a consagrarnos a la gran labor que nos queda por delante..La que estos muertos venerados afirmen nuestra devoción por la causa que ellos se consagraron con definitiva, ardorosa medida, de modo que aquí en alto declaremos que estos muertos no sucumbieron en vano, que esta Nación bajo Dios, renacerá con libertad y que el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo no desaparecerá de la Tierra".

 

Si observamos la historia de los dos últimos siglos hay solo dos grandes naciones en donde a lo largo de ese período han existido como sociedades libres y donde no ha habido dictaduras ni tampoco han caído en manos de tiranos invasores. Esas naciones son EEUU e Inglaterra.

 

Una enseñanza también de ese mismo período de tiempo, y en particular del siglo XX, es que los seres humanos no queriendo adorar a Dios en nombre del progreso y la ciencia terminamos "adorando" a la maldad y los tiranos como es el caso del nazismo y comunismo.

 

En tiempos de transición, en un ambiente de crisis y confusión, de pérdida de puntos de referencia, sería primordial para asegurar que la democracia y la libertad predomine en el siglo venidero que líderes y ciudadanos siguiéramos la enseñanza de Lincoln y eleváramos nuestras mentes y corazones hacía Dios.

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