viernes, 16 de marzo de 2007

DAR A CADA ASUNTO SU VALOR E IMPORTANCIA

Hay dos aspectos de la cultura uruguaya a los que me quiero referir. Una es el excesivo papel que se le asigna a la política partidista en la vida nacional, y la otra, relacionada con la anterior, es las dificultades que tenemos en unirnos, dificultad cuyos efectos se ven limitados por una fuerza contenedora que es la reserva a cambiar abruptamente o perder lo que tenemos o pensamos que tenemos. Por lo tanto las diferencias se acentúan permanentemente pero no al punto de "tensar la cuerda al punto de romperla".

 

En una sociedad donde el Estado ha tenido y aún tiene, un papel tan importante, y donde el individuo y la sociedad aparecen "condicionados" en gran medida por ese Estado,  los partidos políticos han sido una especie de "iglesias seculares", depositos de los valores de todo signo y significación, que se han ido forjando durante décadas.

 

La definición política partidaria asume una significación casi mágica al punto de elevar o rebajar una persona. Decimos: es "blanco", es "colorado", es "frenteamplista" o "nuevoespacista". Nos preguntamos: ¿de que color o "pelo" político es?, como si la respuesta nos trajera certezas existenciales y axiológicas para establecer una relación personal. Uno puede aceptar que esas definiciones puedan ser importantes en la hora de definir sobre quienes asumen las responsabilidades gubernamentales para saber si hay una sintonía con los programas del Gobierno y con la filosofía básica detrás del mismo. Diría más, eso es válido sólo en esa medida y no como un argumento determinante, para justificar que un ciudadano, por pertenecer a un partido y sin contar otros méritos, llegue a acceder a responsabilidades de Gobierno.

 

La esfera político partidaria que debería adquirir cada cinco años una preponderancia en el momento de elegir nuestros gobernantes nacionales y municipales tiene una presencia en el Uruguay que va más allá de lo lógico, racional y aconsejable. Es más, esa presencia excesiva, desfigura y crea tensiones que deforman a los partidos políticos y a la acción de gobierno y a la vez oprimen las fuerzas creadoras de otras esferas de la vida social que son tan importantes, y algunas más básicas, que la propia política partidaria.

 

Siento un especial rechazo cuando escucho usar para definir nuestra condición nacional,  palabra más palabra menos, la siguiente afirmación: "el pueblo uruguayo integrado por colorados, blancos, frenteamplistas, nuevoespacistas, etc.". Los uruguayos nos definimos cada cinco años por el partido y el candidato que mejor entendemos refleja nuestros valores, tradiciones, y aspiraciones y eso está bien. Pero no creo sano que hagamos de esa opción una especie de compartimento estanco, un "feudo" con su "señor feudal", una marca. Por supuesto que podemos estar orgullosos de nuestras pertenencias ya sean religiosas, o políticas, o deportivas, pero no al punto de que ellas desfiguren nuestras condiciones humanas esenciales y básicas.

 

La sociedad uruguaya debe recuperar su capacidad de enlazarse y unirse justamente en lo esencial y lo básico y no permitir que lo accesorio destruya el tejido de la nación ni nos divida al punto de creernos que hay "dos países" como los analistas políticos nos dicen que hay luego de las últimas elecciones.

 

Vivimos bajo el mismo Dios, el mismo sol nos da calor y luz, respiramos el mismo aire, tomamos de la misma agua, y caminamos por las mismas calles. Todos en algún momento dejaremos esta vida física y pasaremos a la dimensión espiritual de nuestra existencia. Todos tenemos el mismo temor y duda sobre que será de nosotros. Todos aspiramos a ser amados y tener personas con las cuales compartir nuestra vida. Todos ansiamos que nuestros hijos vivan mejor. Todos lloramos y reímos. Todos en el fondo de nuestro corazón queremos ser buenos y sentimos remordimiento de conciencia cuando actuamos en contra de nuestro deseo de bondad. Al fin y al cabo aún antes de ser parte de una nación, una iglesia, un partido político, somos seres humanos creados con el mismo valor y con una misma naturaleza.

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